Sobre la escritura de novelas
Durante dieciocho meses escribí una idea.
Tracé líneas, contornos. Desarrollé páginas, capítulos, conflictos. Construí un espacio metafísico, abierto. Dejé que todas las imágenes que me gustan se metan dentro. Tomé notas.
Analicé de qué manera articular la realidad con la ficción, pensé una historia. Pensé la historia de cada personaje que forma parte de esa historia. Los imaginé, busqué fotos en internet que me remitan a un estereotipo. Elegí los nombres. Elegí los cuerpos, las voces. Elegí sus miedos. Los materialicé.
Leí libros que hablan sobre cómo escribir otros libros, también leí por gusto. Exploré dentro del género: miré películas para pensar la construcción narrativa desde otra perspectiva, miré documentales. Soñé las cosas que ví después de mirarlas. Me expuse a un vértigo ardiente, incómodo. Tanteé el límite sin atravesar.
Ahora, la novela se desarma entre mis manos.
No es frustración, abandono. Es una reorganización natural de ideas. El tiempo, ¿para qué?, puedo jugar con la escritura mientras intento comprenderla. Ahí, en la imposibilidad. Sostengo entre las manos algo que parece sustancial e inmediatamente se fuga.
Si me preguntan: escribo poesía. Todo lo demás es un desafío, una proyección. La escritura de novelas requiere un enfoque mayor, porque hay que persistir. Hoy escribo una idea. Dentro de tres semanas, cuando esa idea adquiera consistencia en su desarrollo, debería existir algún gérmen de la persona que la cultivó: ¿seguiré siendo la misma?
Llevo más de un año escribiendo una novela. Tengo más de cincuenta páginas escritas, pero nada para mostrar. La escritura es mi campo de diversión, un jardín de piezas minúsculas. Insisto en la escritura poética porque su brevedad me permite concluír un poema antes de distraerme con otra cosa. Pero rápido, fugaz, me entretiene la imágen de dos extraños que se chocan sin querer. Las bocinas de los coches. El cielo nublado.
Vuelvo a abrir mi proyecto de novela. I. me pregunta: ¿sigue siendo lo mismo que leí?
No, de eso no queda nada. Hasta los personajes mutaron hasta disolverse inconclusos en papeles que acumulo al costado de la cama. Carcajadas, ruido blanco. No tiene sentido escribir, no tiene sentido nacer, no tiene sentido pensar que existe una sola cosa en el mundo que realmente tenga sentido. Escribir, como la vida, es simplemente exploración. Vivencia.
J
Comentarios
Publicar un comentario