Resignificar el lugar en que todo empezó, principio fundamental que me arrastra hacia la esquina. Restar importancia a las cosas sagradas o hacer de lo intrascendente un sentido absoluto. Entonces voy deslizándome, líquida, en el camino que traza la luz del día sobre las diagonales hasta llegar al punto. El punto se abre mientras bostezo. Escucho la conversación de dos mujeres y un perro, el perro dice: guau. Ellas plantean la idea de nombrar la cosa hasta que deje de significar. Juegan en voz alta a repetir sus nombres. En la reiteración del sonido, despacio, se pierde la forma. El semáforo cambia. Ellas continúan con su vida y la vida de la criatura, que camina entre bultos, salta, olfatea la entrepierna ajena, extasiada. Se alejan de mí, desdibujándome en la distancia. Quisiera decir, no me dejen. Llévenme al lugar donde sea que las cosas encuentran su explicación. Parecen los tres –o las tres, el animal podría ser él, ella, ésto— seres determinados por la plenitud...