El punto de nocomienzo
Resignificar el lugar en que todo empezó, principio fundamental que me arrastra hacia la esquina. Restar importancia a las cosas sagradas o hacer de lo intrascendente un sentido absoluto. Entonces voy deslizándome, líquida, en el camino que traza la luz del día sobre las diagonales hasta llegar al punto.
El punto se abre mientras bostezo.
Escucho la conversación de dos mujeres y un perro, el perro dice: guau. Ellas plantean la idea de nombrar la cosa hasta que deje de significar. Juegan en voz alta a repetir sus nombres. En la reiteración del sonido, despacio, se pierde la forma. El semáforo cambia. Ellas continúan con su vida y la vida de la criatura, que camina entre bultos, salta, olfatea la entrepierna ajena, extasiada. Se alejan de mí, desdibujándome en la distancia.
Quisiera decir, no me dejen. Llévenme al lugar donde sea que las cosas encuentran su explicación. Parecen los tres –o las tres, el animal podría ser él, ella, ésto— seres determinados por la plenitud de su existencia. Elijo, sí, la sensibilidad de una hembra sin moral, que hunde la nariz en el pantalón color caqui de un hombre atractivo. Conocedoras, suspendidas de cualquier preocupación, zigzag en las calles de Devoto, donde la gente tendencialmente olvida los problemas, entretenidas por la arquitectura de un barrio suspendido en otro tiempo.
Después de ellas no hay nada.
Practico un ejercicio análogo al de las señoras.
Susurro el nombre de lo que no debería ser nombrado, lo suficientemente bajo para no escucharlo salir de mí. Lo repito un par de veces. Mi cuerpo exhibe el propósito que acallo, se retrae epiléptico y vuelve abrir como una puerta giratoria. Efectos adversos. Náuseas, mareo, precipitación de un deseo comprimido por la obligación de mi tristeza.
Descreo irremediablemente en la experiencia de la manifestación.
¿Puedo pensar en el rostro angelado, compulsivo, celeste; puedo olvidarme de él, con la fuerza del recuerdo?
El semáforo recupera su color. Cruzo, tuerzo la cuadra, entro al bar por la ochava. Entonces me atraviesa la determinación de estar en el lugar que es lo que no es. Lugar que deja de ser, para convertirse en otra cosa. Difícil saber si estoy, si llegué, si pude irme en algún momento. Si él está conmigo. Si caminamos a la par atravesamos la misma puerta. Si la aspereza de una mano blanca rodea mi cuello o es el pañuelo de otra mujer, que sonríe frente al tren mientras salta.
Recorro puntualmente cada gesto sin encontrar en la multitud alguna semejanza, el punto del no comienzo. Por un momento me quedo así. Entumecida por dos ojos rubí, esmeralda, grisáceo del Pacífico que opaca toda fuerza esperanzada de salúd: elijo una mesa. Cerca del punto de todo comienzo.
El sol atraviesa parcialmente la pérgola de Santa Rita y toca el hombro de la muchacha que se sienta. Él se acomoda a su lado. Parafarnalia. Una botella de vino sobre la mesa, la transpiración del vidrio que moja el mantel. Frustración abstemia resuelve su confusión en el fondo de la copa. Ella pasea sutilmente por ideas retrospectivas que la ubican bajo flores de color celeste.
Y el punto se abre entre los dos.
Bien podríamos haber sido ellos si hubiéramos ofrecido, deslumbrado.
Dos puntos lejanos.
Los miro desde la mesa que elegí, cerca del punto. El hombre de la barra se acerca para preguntarme si soy acaso, si deseo. Le respondo: no estoy segura. Le respondo: qué pasaría si le dijera que. Él sonríe detrás de la sonrisa impostada, sonríe en el fondo. Mientras sonríe revela en mí la sonrisa que guardaba, cómplice. Entonces se acerca a ellos, que bien podría ser nosotros. El día se vuelve noche, esperanza, fascinación. En el punto de todo comienzo. Debajo estoy yo, estamos los dos: son otras las caras.
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